lunes, 10 de diciembre de 2018

REMINISCENCIAS DEL 10 DE DICIEMBRE



Por Ilich F. Cuéllar

*Ningún aficionado del Monterrey respondió a la invitación de colaborar con esta pequeña antología.

Monterrey, el faro del norte. Una ciudad con empuje, mucho jale y poder económico. Monterrey y su carne asada y su cerveza. Su calor. Un universo difícil de explicar pero fácil de querer, con sus múltiples galaxias que son esos municipios conurbados.

La gente de San Nicolás vive y piensa diferente que la de Guadalupe, mientras que la de San Pedro se siente dueña de todo y todos. Apodaca y Escobedo en el límite los ven con dejo de fastidio, igual que Santa Catarina. Todos gente noble.

Pero hay algo que hermana y divide a todos: el futbol. Allí no hay América, Guadalajara, Cruz Azul y UNAM. Solo existen los Tigres y los Rayados y que los demás se vayan al garete. Desde el gobernador, hasta el más humilde obrero, pasando por el estudiante, el arzobispo y el empresario acaudalado, todos pierden la razón cuando ambas escuadras se enfrentan.

Hace un año, ambos tuvieron la ocurrencia de encontrarse en la final de finales del futbol nacional. Lo que pasó ese día, ningún habitante de este universo singular lo olvidará jamás, pues fue la culminación de una idiosincrasia, una costumbre, una forma de ver “El Juego del Hombre”.

Por eso, en Bajo el Signo del Esférico les compartimos un compendio de recuerdos y pensamientos a un año de esa fecha tan especial para una ciudad tan sui generis como Monterrey, por que como me dijo Jenni Treviño: este sentimiento no se ve pero se siente es algo que te recorre en las venas.
10 de diciembre de 2017. Una fecha marcada a fuego

Cura para el Cáncer
Orlando Maldonado
Es la 1:05 de la mañana y da la bienvenida un cielo estrellado con una luna impresionante, elementos naturales que regalan lindas postales, postales que quedan eternamente en la memoria por la conjunción de situaciones y cosas que generan alegrías y que a la postre erizan la piel.

Así tal cual fue la sensación de hace un año, mi hijo a punto de nacer y yo situado en una horda de aluminio, rodeado por puras almas que pregonan sentimientos de papel pero que se creen merecedores de la divinidad y de la gloria absoluta sin haber hecho lo necesario para obtenerlo.

Ese día, los 11 pelados de amarillo terminaron con todo, acabamos con sus tardes de gloria a las 5 de la tarde en el TEC; acabamos con los remates de cabeza de Milton Carlos; le dimos muerte la elegancia de Martelotto; deshicimos La Aplanadora; los Cuatreros decidieron marcharse por dignidad; Bahía hizo un aterrizaje forzoso con su "avioncito".

Su chileno decidió ya no estar más en la memoria de sus hinchas al ser rebasado por alguien de su misma nacionalidad pero salido de la U de Chile; Franco se volvió argentino, y Jonathan decidió no ser parte de la historia más oscura de su corazón.

La pecera que se tomaba en Félix U. Gómez optó por no dar más transportación a los "fieles" al ver semejante aBBVAndono y ser consciente de que a Pasarella de pronto se le cayeron cuatro dedos.
Es así como se dio fin a toda esa soberbia disfrazada de humildad y nostalgia que a la postre fue contagiada a generaciones que hoy no rinden frutos y que tienen a su club sumido en el momento más vergonzoso de su historia.

Carlos Canseco, Mario Castillejos padre y Alberto Santos de Hoyos han quedado en las anécdotas de San Nicolás como los creadores de un producto que hizo más feliz a los hinchas que más odiaron, que a los propios y de los cuales no se sienten dignos, orgullosos y mucho menos representados.

Bastó la imprudencia de un colombiano para sepultar todas las vivencias tanto en su vieja, como en su nueva casa.

Dichosos sean los ojos y el corazón que me permitieron presenciar semejante hazaña.

Hace unos días discutí desinteresadamente con un conocido del barrio, me dijo que esperaba algún reportaje, investigación o datos estadísticos alusivos a este día para beneficio de la sociedad, es por ello que hoy, desde acá, le presento a través de estas líneas, la cura contra el cáncer, el cáncer de la soberbia, el cáncer de la presunción, pero sobre todo, el cáncer de la obsesión por quererse creer algo que no son y dónde no han pertenecido.

Desde acá, el día en que acabamos con su historia. El que ni el Alzheimer les va ayudar a olvidar.


Cielo azul y amarillo
Hugo Charles
Hay situaciones en la vida en la cual uno no se da cuenta de la magnitud de lo que está pasando.
El 10/10/17 al finalizar el juego solo atinaba a dar las gracias a todos los que me felicitaban y abrazaban por el título, era como vivir en una fantasía, campeones otra vez, ante Monterrey, en su estadio.

Rodeados de rivales, en un estadio ajeno pero en una ciudad que también es nuestra, en plena capital rayada, dimos la vuelta al marcador y a la cancha.

Un vivo reflejo de mi último año de vida, ante un escenario nada agradable, un dribling digno de campeonato me mandó a la casi capital del futbol nacional, Guadalajara, rodeado de gente ajena y que considera a nuestra rivalidad como algo pequeño, pudimos darle la vuelta, estuvieron al pendiente del partido elogiando a las dos escuadras durante las últimas semanas.

Por segunda vez en 2017 me volví a sentir en Monterrey, fui feliz como lo he sido en muchas ocasiones, con un balón y rodeado de amigos, de forma virtual y de corazón pero rodeado al fin de cuentas.

El éxito había sido algo que por mucho tiempo no lo viví con mi equipo, que me parecía ajeno, algo que no iba con nosotros. La verdad, el éxito está al alcance de quienes lo trabajan, han sido más de 8 años en donde pudimos celebrar lo que nunca en casi 40 años de vida: cuatro campeonatos, una felicidad que rebasa a la ciudad y se contagia en el país, Tigres siendo campeón una y otra vez no es un sueño descabellado sino una realidad tan palpable como el cielo azul y el amarillo del sol.


No más...
Héctor Camero
La secuencia televisiva en la que el "Enano" Damián Álvarez llora de felicidad y carga el trofeo de la Liga Mx en el BBVA amerita una de esas introducciones de película en la que la imagen se congela y una voz en off expresa: "Hola, somos los Tigres y seguro te preguntarás cómo llegamos aquí".

Tomaría 2 cuartillas sintetizar el relato de un equipo históricamente mediocre, con sus escenas de drama, humor involuntario, sainetes y bufones involuntarios, para hacerle justicia debida, pero describir el capítulo cumbre de la rivalidad contra su eterno enemigo de ciudad tomará mucho menos.

Esa es la historia de una rivalidad en la que por muchos años, estaba ladeada solo a un equipo: el que ganaba campeonatos y el que alzaba los brazos en los juegos más importantes.

Durante años me pregunté cómo sería posible que mis adorados Tigres se quitaran la mancha de tantos maltratos y burlas del tan odiado rival. Lejos veía la posibilidad de que seis o siete veces seguidas, mi equipo lograra eliminarlos en Liguilla. Apenas 6 meses antes de la Final Regia, rezaba a Belcebú para que me concediera una.... ¡¡¡¡¡UNA....sólo una!!!!!

Y nos la dio en mediados de 2017, con un contundente 6-1 que alegró nuestros corazones, pero que para los vecinos, no era más que un "ya les tocaba".

A los pocos meses, la soberbia y fanfarronería de un amplio sector de los Rayados persistía, y esa hazaña felina parecía borrarse dentro de poco. La autoproclamada "Aplanadora" acabó el siguiente torneo como superlíder indiscutible, mejor delantera y mejor defensiva del torneo.

El vértigo de un duelo cumbre contra tu más odiado rival es una de las sensaciones más contrastantes que puede tener un fanático. Está la posibilidad de ganar, pero el nerviosismo te lleva a ver principalmente el abismo que te espera si llegas a perder.

Y ahí estamos todos, frente al televisor, incapaces de hacer nada más que alentar y tomarnos selfies. Aquí están tus buenas vibras, tu deseo de que los astros, el azar, el trabajo colectivo, el temple o el destino, se cargue por esta ocasión hacia tu lado.

Y ves a tu equipo comenzar perdiendo al minuto 1. Aún sin destapar la primera cerveza de la tarde, mi primo Juan Carlos, que viajó expresamente de San Antonio, Texas, para ver a sus Tigres, me voltea a ver y me dice: "no big deal". Aún faltaba mucho por escribirse.

Al sacar de nuevo desde medio campo, 0-1 abajo, esos Tigres perdedores que un día jugaron contra el Zacatepec en canchas de tierra; esos Tigres perdedores que no campeonaron en casi tres décadas; que corrieron a decenas de técnicos fraudulentos y a medio centenar de jugadores fantasmagóricos, recontextualizaron la famosa frase del boxeador Manos de Piedra Durán: NO MÁS.

"Hoy se acabará uno de los más grandes martirios de esta apasionada afición".

Y ahí están , tatuadas, la imagen de Edu Vargas corriendo hacia la esquina izquierda del BBVA callando a la afición Rayada. Ahí está Meza corriendo hacia la esquina derecha con los brazos en alto, agradeciendo al cielo, tras anotar el 1-2.

Lo demás, son trazos difusos, pero intensos, en los que aparecemos mis primos abrazándonos y llorando de felicidad frente al asador. El lugar indicado en el momento indicado.

La afición albiazul de boca grande; de los mantras, que un día comparó la sequía campeona de Tigres con la vista del cometa Hailey, que decía haberlo "ganado todo", que decía que teníamos miedo y que estaban todos ellos "juntitos", que cerró las puertas al seguidor rival, como fascista de caricatura,  vio desmoronarse, frente a sus ojos, la última torre de naipes que les quedaba en pie.

La trama, como cientos de miles de bocas, finalmente se cerró.  El boomerang regresó a su dueño.
¿Karma? ¿justicia? ¿destino? Nos preguntábamos en una cochera a las 4 de la mañana mis grandes amigos Tigres, Jaime y Carlitos "El Ciego", acabándonos las últimas cervezas de la hielera y esperando que arribara el periódico para confirmar que lo ocurrido en las últimas 10 horas era real.

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