Por Ilich Cuéllar
Lionel Messi es uno de los mejores jugadores de fútbol de todos los tiempos. Quien se atreva a cuestionar dicha aseveración, probablemente nunca ha visto un partido del Barcelona y algunos de la selección de Argentina, o quizá tenga un aneurisma cerebral.
Su talento descomunal, su magia inagotable, el instinto goleador, la zurda enguantada, sus dribles a velocidades cósmicas, son de los mejores atributos que se han visto sobre un campo de juego. Con el equipo blaugrana ha conquistado 28 títulos, 5 veces ha logrado el Balón de Oro y es el máximo goleador histórico del equipo y de la liga española con 312 goles. Es el mejor jugador que portado la elástica culé a lo largo de 117 de años de existencia y es el símbolo por excelencia en la época dorada del cuadro catalán.
Repito, su talento no está en duda ni en discusión, su problema es otro y es difícil de definir, pues casi exclusivamente se presenta cuando cruza el Atlántico para representar a Argentina. Algunos le llaman falto de carácter, con personalidad en extremo reservada, rayando en la grisura, sin la madera de líder que tanto venden. En pocas palabras y en el argot más puramente gaúcho: para muchos de sus compatriotas, Messi es un “pecho frío”.
La noche del 26 de junio, después de haber perdido la final de la Copa América Centenario por los penales frente a Chile, Lionel renunció al combinado de su país. “La selección no es para mí” fueron sus palabras. Era la segunda vez consecutiva que mordía el polvo ante los andinos en penales. Si a eso le sumamos la que perdió en 2007 ante Brasil, el fracaso de la Copa 2011 donde la Albiceleste era anfitriona y se quedó en cuartos, más el partido definitorio ante Alemania en el Mundial de 2014, se podría decir que “El Messias” tendría razones de sobra para abdicar de su capitanía y del combinado austral.
En todas se le ha acusado de no correr, de vagar en el césped, de vomitar, de no meter la pierna, de desvanecer del campo de juego. Puede que sea cierto, puede que no. Lo que no se discute, es que cada derrota que pasa, es más sádica que la anterior. La de la Copa 2016 pasará al recuerdo como esa donde voló el primer penal de la serie.
Quizá él no tenga la culpa. Quizá el no falló tres oportunidades clarísimas en tres finales seguidas. Tal vez él no es el responsable del desastre que sacude al fútbol argentino. Puede ser que él sea culpable de salir al extranjero siendo un niño, buscando un club que le pagara el tratamiento para su enfermedad hormonal. Quizá su culpa sea no haber debutado en la vetusta primera división pampera para después emigrar a Europa.
Tal vez su mayor pecado sea que ser zurdo y usar el dorsal que un tal Diego Armando Maradona hizo mítico al conquistar la Copa del Mundo de México de 1986. Nunca podrá sacudirse la sombra eterna e imperecedera del “D10S”, un hombre estrafalario, extrovertido, polémico, frontal y excesivo, que tan bien representa a una nación sumamente pasional y sanguínea, actitudes que están en las antípodas de lo que Lionel representa.
Hay algo en lo que si lo creo responsable totalmente. Sabiéndose tímido, retraído, encapsulado en su mundo, no tuvo que haber aceptado la responsabilidad de capitanear Argentina. El talento, las pinceladas, la poesía, la lírica en el campo es lo suyo. Los bemoles, los gritos, la personalidad y los martillazos que solo un líder puede dar, le pertenecen a otros. Aquí es cuando nos damos cuenta de las eternas presiones incesantes de la mercadotecnia, ávida de crear tótems de granito donde no los hay.
Claro está que a los mejores se le exige el doble, se les demanda guiar el barco cuando éste se hunde. A Messi probablemente se le ha protegido y se le ha resguardado de mas en Barcelona, pero en Argentina eso cambia.
Puede discutirse si su decisión de retirarse del fútbol de selecciones se haya producido en medio de un calentón, harto de la presión de tener la expectativa de un país -que nunca lo ha considerado plenamente como de los suyos- y del universo en sus hombros.
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