Por Ilich F. Cuéllar
La Batalla de Stalingrado es considerada la más sangrienta en la historia de la humanidad.
Se estima que en el choque entre la Alemania nazi y la Unión Soviética, en el marco de la Segunda Guerra Mundial, murieron dos millones de personas, entre civiles y soldados. El combate duró seis meses y fue tan cruento, entre falta de alimentos, sin refugio, el frío, entre las calles de la ciudad, que los alemanes la llamaron Rattenkrieg, "guerra de ratas".
Boca Juniors y River Plate llevan 110 años disputando una Stalingrado por el control de Buenos Aires y Argentina.
Nacidos en el mismo barrio, La Boca, ambos clubes son la máxima expresión del odio deportivo y quizá hasta social. Ninguna otra ciudad en el mundo se divide tanto como estos dos "hermanos" destinados a incordiarse.
El primer capítulo de esta final sorprendió a propios y a extraños con un bello derroche de garra, técnica y goles.
Esa primera batalla estuvo envuelta en todo tipo de circunstancias. Una camioneta con aficionados de Boca, tuvo un accidente y los hinchas murieron camino a Capital Federal para ver el partido; el presidente de Argentina, Mauricio Macri -ex presidente de Boca- había deseado públicamente que no se diera la final; Vladimir Putin anhelaba ir al encuentro, incluso la lluvia retrasó un día el juego. "Ni Dios quiere que se juegue el partido", llegaron a decir algunos.
En una época dominada por la mercadotecnia, por falsos mesías sin sangre en las venas y donde solo lo proveniente de Europa es válido en el planeta futbol, un Boca-River en la final de la Copa Libertadores es la reivindicación del futbol puro: pasión, orgullo, sangre, lodo, patadas, gallardía. Ese tipo de cosas que los exégetas de los medios no comprenden o parecen haber olvidado en el diván.
En tiempos de contención y de lo políticamente correcto, el Superclásico argentino en la final de todos los tiempos es como una droga dura en momentos de desintoxicación, es sexo sin protección, un banquete sin medidas, una borrachera a morir.
Es ser un cable sin aislante, en un circuito impecablemente conectado.
Gane quien gane, ganara el futbol de barrio, el que se sueña en la infancia pateando la pelota deshilachada bajo la lluvia.
Boca-River, River-Boca, no importa el orden. Hoy terminan su Stalingrado de 110 años y comienzan otra, que quizá dure mil vidas más.

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