miércoles, 7 de septiembre de 2016

EL INFIERNO SE ACERCA



Por Ilich F. Cuéllar


La Selección Mexicana de Fútbol se encamina al desastre, a una hecatombe largamente esperada.


Si, no hay forma de ser optimista de cara al Hexagonal final de la CONCACAF, en el camino a Rusia 2018. Un entrenador que no termina de entender que no es lo mismo preparar un club que una selección, jugadores que siguen siendo convocados sin tener méritos desde hace años, directivos preocupados solo por la caja registradora. Todos los ingredientes están listos para el cóctel fatal.

Bostezos y caras largas, eso es lo que ha entregado el equipo nacional este 2016. Y eso fue lo que volvió a recetar a los aficionados la noche del martes en el juego contra Honduras. Siguiendo la premisa de todo el proceso de Juan Carlos Osorio, el último juego de la fase de grupos de la eliminatoria, México volvió a rotar jugadores, ya sea por lesiones o por caprichos del entrenador, que no se entienden.

Calcado de la primera mitad del juego contra El Salvador, el 2 de septiembre, el primer tiempo del Tri fue infame, soporífero, para apagar la televisión. Jugadores que no se entienden, sin trabajo y poco exigidos, solo pueden arrojar una forma de juego: el pelotazo. Pelotazos y pelotazos ante una defensa catracha bien parada con tres centrales y dos carrileros. Con poco, los centroamericanos fueron más incisivos en ciertos lapsos del partido. Del cuadro local no hubo nadie que pusiera imaginación y criterio a la hora de manejar la pelota, mucho menos para rematar las escasas oportunidades de gol. Las fallas de Lozano (otra) y Moreno fueron imperdonables.

Si, México califica líder de grupo ¿cuál es el problema? No hay ida de juego ¿cómo se soluciona? Trabajando ¿se trabaja? No.

Puede ser que los mexicanos entraran al choque con la confianza de saber ser ya calificados a la fase final. El problema es la falta de visión, puesto que el rival necesitaba no perder, más un resultado favorecedor de parte de Canadá. Si los verdes se aplicaban, podían dejar fuera a Honduras, que siempre les da dolores de cabeza en San Pedro Sula, quizá la plaza más caliente de toda la eliminatoria.

La terquedad de Juan Carlos Osorio en no tener un cuadro base ya raya en lo irreal. Todo equipo necesita tener una estructura que le de cereza y confianza, para saber a qué jugar. Si casi un año de gestión del entrenador, todavía no se sabe quién es el portero  titular, la cosa viene mal parida.

Sigue sin haber un partido redondo de este equipo. Los jugadores no sienten amenazado su puesto. Tan es así, que tipos como Guardado, Herrera, Reyes y Hernández (por mencionar algunos), son elementos que vienen arrastrando la cobija desde el ciclo fallido de José Manuel de la Torre. Este equipo se parece cada día más a aquel, abigarrado, sin corazón ni dirección. La deriva se percibe.

¿Qué esperar del Hexagonal? Es muy difícil predecirlo, pero si vemos que el primer juego es contra Estados Unidos en Columbus, tierra maldita para el Tri, el 11 de noviembre y cuatro días después visita a Panamá, némesis de la pasada eliminatoria, el camino a Rusia se volverá un calvario, similar al de Brasil.

Hay una idea o sentimiento que rondaba la mente de los aficionados: no ir al mundial de 2014 podría haber provocado un terremoto en el seno del fútbol nacional, algo que causara su resurgimiento. El escenario está preparado para que la situación se repita.

Está en los jugadores, "europeos" y locales, y entrenador hallar el camino: encontrar una idea de juego convincente que aclare el panorama, en el que volver a hacer del Azteca una fortaleza es fundamental.

CONCACAF es un infierno, especialmente Centroamérica. Si no espabilan, ni prendiéndoles veladoras se salvarán de la quema.

jueves, 14 de julio de 2016

PORTUGAL Y EL TRIUNFO DE LO INSÍPIDO




Por  Ilich Cuéllar

Cuando el 10 de julio Cristiano Ronaldo alzó al cielo de París el trofeo que acreditaba a Portugal como campeona de la Euro 2016, en algún lugar del mundo, Michel Platini debió haber esbozado una ligera sonrisa.

Y es que el otrora presidente de UEFA, admirado primero como jugador y luego en su primera etapa de directivo continental, vio cumplido un objetivo que muchos tachaban de guajiro: que una selección considerada de medio pelo en el concierto europeo, se alzara algún día con la corona del Viejo Mundo. Con ese objetivo consiguió que en septiembre de 2008, fuera aprobada la ampliación de participantes para la Copa Europea de Naciones de 2016, de 16 a 24 escuadras.

La meta se logró. Al torneo organizado en Francia este verano, arribaron representativos de países inéditos como Albania, Islandia, Gales o Irlanda del Norte. También reaparecieron  Rumanía, Irlanda y Hungría, después de años de oscurantismo. Si, la competencia se abrió, fue más global, sin embargo, la calidad disminuyó (amén de la hinchazón en las arcas de la organización).

Por supuesto, Hungría  e Islandia no tienen la culpa de esto. Ambos elencos llegaron, jugaron y avanzaron. Pero si le agregamos que equipos como Inglaterra, eterno bluff, o España, vigente bicampeona, fallaron a la hora decisiva, el cóctel de la insipidez quedaba listo. Todos los equipos fuertes (si así consideramos a los ibéricos, Alemania, Italia y Francia) de un lado de la llave y la rebelión de la “medianía” quedó por el otro.

Mientras los germanos se mostraban con un plan de juego en apariencia, más sólido pero sin gol, y Francia sacaba los partidos a las carreras, Portugal sufría y avanzaba tambaleándose. Cristiano Ronaldo, su máxima figura, líder y alma en el campo titubeaba. Anotó contra los húngaros cuando más se le necesitaba, igual contra Gales, en una semifinal que nadie pronosticó, pero a fuerza ser sinceros, al 7 portugués nunca se le vio en forma. En estas condiciones el arquero Rui Patricio se puso la capa de héroe, Renato Sanches emergió como joven luminaria y Pepe dejó atrás su disfraz de asesino y se convirtió en muro infranqueable. Esta fue la columna que permitió el milagro.

A la final de París, los lusos se plantaron contra el país anfitrión en papel de víctimas. Antoine Griezmann, convertido en el estandarte galo, había dado el salto definitivo entre los competidores del Balón de Oro. Sin embargo, la selección comandada por Fernando Santos resistió, con todo y la lesión temprana de Ronaldo, para coronarse con gol en tiempo extra de Éder, ante el asombro del mundo entero.

Si se critica el nivel de juego tanto colectivo como individual de los campeones, cierto es que se resalta la comunión de un grupo menospreciado por las grandes potencias, donde su líder, señalado por vanidad y egocentrismo, supo ejercer con su responsabilidad de guía y cobijo para sus huestes. Sin tanto brillo, aspira a obtener el galardón de mejor jugador del mundo por cuarta ocasión.

El fútbol no entiende de lógicas, ni de favoritos, mucho menos de aparentes superioridades previas a una batalla. En este deporte sigue ganando el que mete el balón en el arco contrario. En esta aparente sencillez, reside la belleza del juego.

lunes, 27 de junio de 2016

MESSI Y LA PENITENCIA DEL 10




Por Ilich Cuéllar

Lionel Messi es uno de los mejores jugadores de fútbol de todos los tiempos. Quien se atreva a cuestionar dicha aseveración, probablemente nunca ha visto un partido del Barcelona y algunos de la selección de Argentina, o quizá tenga un aneurisma cerebral.

Su talento descomunal, su magia inagotable, el instinto goleador, la zurda enguantada, sus dribles a velocidades cósmicas, son de los mejores atributos que se han visto sobre un campo de juego. Con el equipo blaugrana ha conquistado 28 títulos, 5 veces ha logrado el Balón de Oro y es el máximo goleador histórico del equipo y de la liga española con 312 goles. Es el mejor jugador que portado la elástica culé a lo largo de 117 de años de existencia y es el símbolo por excelencia en la época dorada del cuadro catalán.

Repito, su talento no está en duda ni en discusión, su problema es otro y es difícil de definir, pues casi exclusivamente se presenta cuando cruza el Atlántico para representar a Argentina. Algunos le llaman falto de carácter, con personalidad en extremo reservada, rayando en la grisura, sin la madera de líder que tanto venden. En pocas palabras y en el argot más puramente gaúcho: para muchos de sus compatriotas, Messi es un “pecho frío”.

La noche del 26 de junio, después de haber perdido la final de la Copa América Centenario por los penales frente a Chile, Lionel renunció al combinado de su país. “La selección no es para mí” fueron sus palabras. Era la segunda vez consecutiva que mordía el polvo ante los andinos en penales. Si a eso le sumamos la que perdió en 2007 ante Brasil, el fracaso de la Copa 2011 donde la Albiceleste era anfitriona y se quedó en cuartos, más el partido definitorio ante Alemania en el Mundial de 2014, se podría decir que “El Messias” tendría razones de sobra para abdicar de su capitanía y del combinado austral.

En todas se le ha acusado de no correr, de vagar en el césped, de vomitar, de no meter la pierna, de desvanecer del campo de juego. Puede que sea cierto, puede que no. Lo que no se discute, es que cada derrota que pasa, es más sádica que la anterior. La de la Copa 2016 pasará al recuerdo como esa donde voló el primer penal de la serie.

Quizá él no tenga la culpa. Quizá el no falló tres oportunidades clarísimas en tres finales seguidas. Tal vez él no es el responsable del desastre que sacude al fútbol argentino. Puede ser que él sea culpable de salir al extranjero siendo un niño, buscando un club que le pagara el tratamiento para su enfermedad hormonal. Quizá su culpa sea no haber debutado en la vetusta primera división pampera para después emigrar a Europa.

Tal vez su mayor pecado sea que ser zurdo y usar el dorsal que un tal Diego Armando Maradona hizo mítico al conquistar la Copa del Mundo de México de 1986. Nunca podrá sacudirse la sombra eterna e imperecedera del “D10S”, un hombre estrafalario, extrovertido, polémico, frontal y excesivo, que tan bien representa  a una nación sumamente pasional y sanguínea, actitudes que están en las antípodas de lo que Lionel representa.

Hay algo en lo que si lo creo responsable totalmente. Sabiéndose tímido, retraído, encapsulado en su mundo, no tuvo que haber aceptado la responsabilidad de capitanear Argentina. El talento, las pinceladas, la poesía, la lírica en el campo es lo suyo. Los bemoles, los gritos, la personalidad y los martillazos que solo un líder puede dar, le pertenecen a otros. Aquí es cuando nos damos cuenta de las eternas presiones incesantes de la mercadotecnia, ávida de crear tótems de granito donde no los hay.

Claro está que a los mejores se le exige el doble, se les demanda guiar el barco cuando éste se hunde. A Messi probablemente se le ha protegido y se le ha resguardado de mas en Barcelona, pero en Argentina eso cambia.

Puede discutirse si su decisión de retirarse del fútbol de selecciones se haya producido en medio de un calentón, harto de la presión de tener la expectativa de un país -que nunca lo ha considerado plenamente como de los suyos- y del universo en sus hombros.

viernes, 10 de junio de 2016

CRUZAR EL ATLÁNTICO DE IDA Y VUELTA


Por Ilich Cuéllar

Hubo una época en la que los veranos estaban reservados al sopor y al aburrimiento. Quizá algún viaje familiar, una que otra travesura, la cascarita de rigor, podían sacarte de la monotonía que a veces provocan las vacaciones.

Impensable ver un partido de fútbol en la televisión. El verano era un espacio reservado para el sagrado Mundial, el cual solo ocurría cada 4 años. A veces la monotonía la rompían la Eurocopa o la Copa América, pero no había más. Ronaldo -el gordito- o Zidane, a pesar de ser súper héroes, necesitan descansar de sus interminables gestas en el empastado.

Sin embargo este 2016 sucede algo especial. Ignoro si las estrellas se alinearon pero este año, los amantes del balompié tenemos la fortuna de disfrutar durante junio y julio, Euro y Copa América al mismo tiempo. Fútbol para almorzar, para comer, para la merienda y para la cena. Fútbol de selecciones, fútbol para hablar, platicar, discutir, debatir y escribir. Para lo que usted guste y desee. Todo al alcance de un botón.

El fútbol de clubes es el que nos alimenta día a día, semana a semana, durante meses. Pero las competencias de selecciones son distintas. A la espectacularidad, estrategia y magia habituales, se le añade el sentimiento de vestir los colores patrios. La gasolina de la motivación que solo hace combustión cuando se representa al país de origen.

Tan dispares en sus orígenes, como en su regularidad y organización, a ambas competencias las unen sus diferencias:

La Copa América, creada en 1916 para conmemorar el centenario de la independencia de Argentina, ha tenido una historia dispar. Ha sido anual, cada dos años, cada trienio, hasta cuatro a partir de 2011. Sus nombres han variado infinidad de veces, hasta que la CONMEBOL decidió poner orden y formato en 1987. Estadios vetustos, aficiones apasionadas y caóticas, juego lento, ríspido, participantes intermitentes,  pero con magia desparramada en 100 años de combates. Uruguay ha sido quien más ha levantado el trofeo de campeón, con 15 títulos.

La Euro, que inició su historia en 1960, ha sido un vivo reflejo del Viejo Mundo. Sirvió para coser las heridas que dejó la Segunda Guerra Mundial. Siempre cada 4 años, varió de un sistema de eliminatorias a una sede fija con más participantes cada que las necesidades comerciales de la UEFA así lo exigieron. Estadios modernos, aficiones intensas que en ocasiones llegan a las grescas, partidos tácticos, rápidos y ordenados. Alemania y España son las selecciones más gloriosas, con 3 victorias cada una.

Una cosa es cierta: por la historia de ambos torneos, han desfilado los mejores jugadores en la historia del deporte. De Beckenbauer, Zidane, y Cruyff, a Pelé, Maradona y Francescoli, el balón ha sido el pincel con el que estos nombres han realizado sus obras de arte en el lienzo verde. Cristiano Ronaldo y Messi son los artistas modernos encargados de acrecentar ambas leyendas continentales.

Con la meta bien fija en Nueva York y París, escenarios de las finales, los combinados nacionales se dejarán la piel. Los afortunados somos los aficionados. No queda más que aprovechar la oportunidad de cruzar el Atlántico en ambos sentidos varias veces al día y romper la rutina del verano


Quizá sea la única oportunidad de la que dispongamos en esta vida.

sábado, 28 de mayo de 2016

MINUTO 93: LA DISCORDIA ETERNA



Por Ilich Cuéllar

En el mundo del fútbol hay equipos que nacen con marcas. Desde su génesis, el Atlético de Madrid ha mostrado los azotes que el destino le deparó: sería un equipo acostumbrado al dolor.

Los aficionados del “Aleti” se han acostumbrado al sufrimiento, y en base a este, han producido un amor intenso. Ese amor los ha hecho soportar de todo, ausencia de ligas, descensos, la partida de los ídolos y sobre todo, tener que convivir con el Real Madrid.

Mientras el conjunto colchonero (Atlético, apodado así por la similitud de su uniforme con los colchones de los hospicios de la monarquía) hacía malabares por conquistar el sur de la capital española, el elenco merengue (el Madrid, por su uniforme albo) se decidió a conquistar el universo.

El Madrid tuvo todo lo que su vecino del río Manzanares no. Siempre hubo recursos, tenían a las mejores estrellas del planeta, los títulos llegaban a raudales, en especial, diez Copas de Europa. El equipo de la burguesía madrileña cimentó su leyenda a base de conquistar el Viejo Mundo. No existe alma en el mundo que no conozca el mito de las Cinco Copas consecutivas de la mano de DiStéfano, Gento y el presidente Don Santiago Bernabéu. Ni la Sexta de los Ye-Yés, la Séptima con el gol de Mijatovic, la Octava ante el Valencia, la Novena con la volea de Zidane o la Décima de Sergio Ramos.

La Décima. Es precisamente esta palabra la que causa más dolor y trastornos en las huestes rojiblancas. A través de su historia post centenaria, ninguno seguidor del Atlético había recibido semejante golpe. 

La fecha: 24 de mayo de 2014. El escenario: Estadio Da Luz, en Lisboa. Por primera vez dos equipos de una misma ciudad dirimían el gallardete de la Champions League. Más de cien años de rivalidad llegaban a su punto cumbre. Los once guerreros comandados por Diego Simeone, el técnico perfecto para la causa colchonera, habían ganado la liga española de ese año. Llegaban al partido definitorio  a base garra y sudor. Eliminaron al Milán y al Chelsea, entre otros. Un gol de Diego Godín, a pelota parada había adelantado al equipo del Vicente Calderón.  Tal  vez porque como ninguna otra escuadra del orbe tiene sus orígenes tan ligados a la aviación (Su primer nombre fue Atletico Aviación), pero ese habría sido el marco perfecto para la Primera del Atleti.

Pero llegó el fatídico minuto 93. El croata Luka Modric lanzó un corner. Sergio Ramos, un madridista de pura cepa blanca, se levantó empujado por toda la historia y la afición merengue, anotando el gol del empate, con lo que la prorroga se convirtió un festival blanco. 

4-1. Al Atletico le arrancaban el corazón sin anestesia previa. Igual que en 1974, en su primera final de Europa, el Bayern Múnich mandaba aun partido del desempate, justo en el último minuto. El dolor se repetía.

Cualquier otro equipo hubiera ido a dar directo a la fosa común. Pero contrario a otras veces, el Atletico superó la depresión y dos años después ha vuelto a la final. Una vez más contra su máximo némesis, el Real. En vez de Lisboa, la arena será el San Siro de Milán, la Opera del Futbol, que ya se preparó para vivir el drama, cual obra de Verdi. Tal vez, en mejor forma que los odiados habitantes del Paseo de la Castellana.

Hay  quienes apelan al romanticismo para justificar un triunfo de los colchoneros, “El futbol le debe una”. En el futbol no hay justicia poética. Hay oportunidades. Para los de Simeone será quizá la única oportunidad de resarcir la afrenta. Para el Madrid sería la Undécima, su confirmación como el equipo más grande de la historia y del cosmos. Solo el Madrid puede aliviar el peor dolor del Atlético. Solo el Atlético puede provocar que el Madrid acreciente su mito.

miércoles, 18 de mayo de 2016

LA GIRALDA OBSERVA ORGULLOSA

Cuentan las lenguas antiguas 
que un 14 de octubre nació una ilusión 
su madre fue Sevilla, y le prestó su nombre 
y para defenderlo le dio a una afición…
                             Himno del Sevilla Fútbol Club



Por Ilich Cuéllar

Existen competiciones que forman una perfecta comunión con ciertos equipos y viceversa: Real Madrid y la Champions League, Boca Júniors y la Libertadores. Algo similar le sucede al Sevilla con la Europa League.

El conjunto andaluz ha forjado un legado en este torneo los últimos diez años, digno de las más grandes dinastías vistas en la historia del futbol. Sus cinco Copas de la UEFA –nombre del trofeo de la UEL- entre 2006 y 2016, así lo demuestra. Si a esto se le agrega que su presupuesto está lejos de los grandes despilfarros, la gesta se engrandece.

La cita del bicampeón vigente era con el mítico Liverpool, el equipo más copero y tradicional de Inglaterra, con una de las aficiones más calientes del planeta y un técnico –Jurgen Klopp- que llegó a media temporada a transfundir sangre y alma a un equipo moribundo. El escenario era el St. Jakob Park de Basilea, en Suiza. El campo había sido tomado por los hinchas Reds desde temprana hora, entonando el célebre “You’ll never walk alone” y convirtiendo el inmueble basiliense, en una sucursal de Anfield Road.

De esta manera, Liverpool inició el partido como tromba, dando señales de un posible atropellamiento sevillano. El acoso fue asfixiante, hasta que Sturridge adelantó a los británicos con un gol de tres dedos, dejando la numero 5 lejos del alcance del meta Soria. Solo una chilena fallida de Gameiro pudo dar aire al elenco blanquirojo.

Pero el Sevilla en Europa League nunca debe darse por muerto. Es su campo de batalla preferido y por eso regresó del descanso decidido a poner las cosas en orden. Kevin Gameiro, defenestrado por la selección de Francia, empujo un balón servido por Mariano apenas a los 20 segundos de la segunda mitad. Didier Deschamps, técnico galo, se lo pierde.

Coke, capitán nervionense, sentenció en dos latigazos el 1-3 definitivo para consumar la Quinta para los jugadores dirigidos por Unai Emery. Ni siquiera los aficionados liverpulianos pudieron salvar a su equipo con sus cánticos, en un intento por emular aquella final de Champions de Estambul en 2005.

La solera del Sevilla permite creer que todo es posible mientras ruede el balón. Los goles de Puerta y Palop, el rescate de Mbia, los penales de Rakitic, la exhibición de Baca y la remontada de hoy, permitieron conquistar Eindhoven, Glasgow, Turín, Varsovia y Basilea, cuál ejército en permanente campaña victoriosa. 

El tricampeonato europeo -2014, 2015, 2016- coloca a los sevillistas a la altura del Madrid, Ajax y Bayern Múnich, como únicos en ejercer dominio continental por 3 o más años.

La Giralda –campanario de la catedral de Sevilla- observa orgullosa, cómo su equipo se ha hecho grande, conquistando Europa con bravía y honor.




EL ENÉSIMO RECHAZO

Nunca mas

Ilich Cuéllar



Nuestros padres y toda la sociedad, nos cuentan desde pequeños que el ciclo de la vida es el siguiente: Naces, creces, te reproduces y mueres.


Sin embargo, para un verdadero amante al futbol, podría ser el siguiente: Naces, tu padre (o madre o ambos) te bautizan con los colores de un equipo, comienzas a patear un balón, apoyas a tu escuadra, juegas en la cuadra, sueñas con jugar en la Selección y llegar al Mundial.

Hay quienes nacimos con dos espátulas en lugar de pies para practicar el balompié. Por otro lado existen quienes nacieron con dos extremidades bendecidas para tratar con cariño a una pelota y derrochan magia donde quiera que se paren, sin importar si patean un esférico o un bote de jugo. Estos privilegiados tienen la verdadera posibilidad de cumplir el ciclo de vida de un pambolero, a diferencia de quienes nos vamos por otros caminos y los admiramos por televisión.

A la clase privilegiada, pertenecen Giovani Dos Santos y Carlos Vela. Ambos deslumbraron al mundo en la Copa del Mundo Sub 17, celebrada en Perú en 2005, donde guiaron a México al título. México, ávido de glorias sobre el césped depositaba en estos dos chicos todas sus esperanzas para conquistar un Mundial de mayores. 

Gio, hijo de futbolista, nacido en la Ciudad de México, criado en Monterrey, reclutado, cultivado y cosechado por la cantera del Barcelona, presagiaba ser el “10” que la Selección Nacional siempre soñó. Desborde, gambeta, velocidad, visión de campo, asistencia y gol, aderezado con el encanto que solo tienen los zurdos y su toque sutil.

Carlos, caribeño originario de Cancún y detectado por la mejor cantera del país, la del Guadalajara, emigró muy joven a Europa, al Arsenal de Arsene Wenger, un genio en el desarrollo de talento juvenil. Técnica depurada, ubicación, capacidad para maniobrar fuera del área y mucho olfato de gol, hacían creer que “El Tri” por fin tenía al “9” que lo llevaría a la cima.

Prodigiosos, sus habilidades se combinaban a la perfección.

Pero algo se torció, y de fea manera.

Comenzó para ambos un peregrinar por una infinidad de equipos y países que solo demostraban irregularidad e inconsistencia. Dos Santos, al poco de haber debutado en el primer equipo del Barcelona, fue transferido al Tottenham de Inglaterra, de ahí a segundas divisiones y equipos chicos de España, Turquía y la propia Isla del Futbol. Vela, ignorado en Londres, se fue a España a vagar por la categoría de plata y conjuntos de poca monta en la máxima división de la Madre Patria.
De alguna manera se las arreglaron para ser llamados a la Selección y jugar el Mundial de Sudáfrica, en 2010, donde pasaron con más pena que gloria. Convocatoria a convocatoria, partido a partido, mostraban un desdén por la camiseta verde y una grisura que no correspondía con el nivel que se les llegó a adjudicar desde pequeños.

Parrandas, ríos de alcohol, romances con miembros de la farándula, actitudes arrogantes, desubicaciones, falta de tacto con los aficionados, ausencia de rigor deportivo ocasionaron que los dos disminuyeran su nivel, aun cuando se les seguía considerando para el representativo nacional. 
El colmo llegó, cuando en septiembre de 2010, después de un juego amistoso contra Paraguay en Monterrey, se montó una juerga descomunal en un hotel conocido de la ciudad. Carlos Vela fue suspendido 6 meses de toda convocatoria aun combinado mexicano, junto a Efraín Juárez. “El Bombardero” inició una etapa de rechazo hacia la Selección, a pesar de los constantes llamados del entonces entrenador, José Manuel de la Torre. Aducía que quería alcanzar un nivel óptimo con su equipo, la Real Sociedad, de España. Pronto, se pudo ver que más allá de diferencias con el técnico en turno, Vela no tenía interés en jugar con su país e ir al campeonato mundial de Brasil, a realizarse en 2014. Muchos, incluso, llegaron a llamarlo arrogante. Finalmente volvió a una convocatoria a finales de 2014, ya con Miguel Herrera en el banquillo, habiendo pasado la Copa del Mundo. Cuatro años en los que privó con su calidad al representativo azteca.

Giovani, en cambio, siguió siendo llamado, a pesar de su nula actividad en clubes e inexistente aportación en partidos internacionales. Comenzaron a darse señales de divismo. Solo a cuenta gotas regalaba su calidad, como en aquel gol que sellaba el triunfo en la Copa Oro de 2011, ante Estados Unidos. Fue tanta su falta de ambición -deportiva- que en vez de continuar progresando en el Villarreal ibérico, prefirió la comodidad y glamour californiano de Los Ángeles, para enrolarse con el Galaxy, de la MLS estadounidense, claramente inferior en nivel en relación a Europa.

El 17 de mayo de 2016, el –ya no tan nuevo- entrenador de México, Juan Carlos Osorio, anunció la lista de jugadores convocados para la Copa América Centenario, a realizarse en junio próximo. La enésima ausencia de Gio y Vela llamó la atención. Osorio aclaró que había acordado con ambos elementos su no convocatoria debido a “falta de nivel”. Dos Santos en Twitter agradeció “la invitación” pero aseguró que no podía formar parte de la Selección en este momento. Vela ni sus luces.  

“Gracias, pero no, gracias”, dirían en el rancho. ¿Dónde quedó el anhelo por ser jugador del Tri? ¿Uno puede decidir cuándo si y cuando ir al equipo nacional cuando y como se le dé la gana? Las otrora esperanzas la escuadra verde no han hecho más que malgastar su tiempo y el de los aficionados con sus actuaciones poco profesionales y bajas de nivel. Nunca más deberían ser convocados. Creen que se les debe rogar por su campeonato de hace 11 años. Para jugar en la Selección se necesitan algunas cosas más que habilidades.

Un tal Javier Hernández, sin tanta técnica y aptitud para jugar, pero con mucha más sangre, orgullo, corazón y HUMILDAD, está a punto de ser el máximo goleador histórico de la escuadra tricolor. Es el jugador más querido de  Alemania, triunfó en el Manchester United y Real Madrid. Él ha cumplido el ciclo  de vida del que se habló al inicio de este texto. A pesar de que fue bajado del avión que llevó a Vela y Giovani a hacer historia a Perú, en 2005.