miércoles, 18 de mayo de 2016

EL ENÉSIMO RECHAZO

Nunca mas

Ilich Cuéllar



Nuestros padres y toda la sociedad, nos cuentan desde pequeños que el ciclo de la vida es el siguiente: Naces, creces, te reproduces y mueres.


Sin embargo, para un verdadero amante al futbol, podría ser el siguiente: Naces, tu padre (o madre o ambos) te bautizan con los colores de un equipo, comienzas a patear un balón, apoyas a tu escuadra, juegas en la cuadra, sueñas con jugar en la Selección y llegar al Mundial.

Hay quienes nacimos con dos espátulas en lugar de pies para practicar el balompié. Por otro lado existen quienes nacieron con dos extremidades bendecidas para tratar con cariño a una pelota y derrochan magia donde quiera que se paren, sin importar si patean un esférico o un bote de jugo. Estos privilegiados tienen la verdadera posibilidad de cumplir el ciclo de vida de un pambolero, a diferencia de quienes nos vamos por otros caminos y los admiramos por televisión.

A la clase privilegiada, pertenecen Giovani Dos Santos y Carlos Vela. Ambos deslumbraron al mundo en la Copa del Mundo Sub 17, celebrada en Perú en 2005, donde guiaron a México al título. México, ávido de glorias sobre el césped depositaba en estos dos chicos todas sus esperanzas para conquistar un Mundial de mayores. 

Gio, hijo de futbolista, nacido en la Ciudad de México, criado en Monterrey, reclutado, cultivado y cosechado por la cantera del Barcelona, presagiaba ser el “10” que la Selección Nacional siempre soñó. Desborde, gambeta, velocidad, visión de campo, asistencia y gol, aderezado con el encanto que solo tienen los zurdos y su toque sutil.

Carlos, caribeño originario de Cancún y detectado por la mejor cantera del país, la del Guadalajara, emigró muy joven a Europa, al Arsenal de Arsene Wenger, un genio en el desarrollo de talento juvenil. Técnica depurada, ubicación, capacidad para maniobrar fuera del área y mucho olfato de gol, hacían creer que “El Tri” por fin tenía al “9” que lo llevaría a la cima.

Prodigiosos, sus habilidades se combinaban a la perfección.

Pero algo se torció, y de fea manera.

Comenzó para ambos un peregrinar por una infinidad de equipos y países que solo demostraban irregularidad e inconsistencia. Dos Santos, al poco de haber debutado en el primer equipo del Barcelona, fue transferido al Tottenham de Inglaterra, de ahí a segundas divisiones y equipos chicos de España, Turquía y la propia Isla del Futbol. Vela, ignorado en Londres, se fue a España a vagar por la categoría de plata y conjuntos de poca monta en la máxima división de la Madre Patria.
De alguna manera se las arreglaron para ser llamados a la Selección y jugar el Mundial de Sudáfrica, en 2010, donde pasaron con más pena que gloria. Convocatoria a convocatoria, partido a partido, mostraban un desdén por la camiseta verde y una grisura que no correspondía con el nivel que se les llegó a adjudicar desde pequeños.

Parrandas, ríos de alcohol, romances con miembros de la farándula, actitudes arrogantes, desubicaciones, falta de tacto con los aficionados, ausencia de rigor deportivo ocasionaron que los dos disminuyeran su nivel, aun cuando se les seguía considerando para el representativo nacional. 
El colmo llegó, cuando en septiembre de 2010, después de un juego amistoso contra Paraguay en Monterrey, se montó una juerga descomunal en un hotel conocido de la ciudad. Carlos Vela fue suspendido 6 meses de toda convocatoria aun combinado mexicano, junto a Efraín Juárez. “El Bombardero” inició una etapa de rechazo hacia la Selección, a pesar de los constantes llamados del entonces entrenador, José Manuel de la Torre. Aducía que quería alcanzar un nivel óptimo con su equipo, la Real Sociedad, de España. Pronto, se pudo ver que más allá de diferencias con el técnico en turno, Vela no tenía interés en jugar con su país e ir al campeonato mundial de Brasil, a realizarse en 2014. Muchos, incluso, llegaron a llamarlo arrogante. Finalmente volvió a una convocatoria a finales de 2014, ya con Miguel Herrera en el banquillo, habiendo pasado la Copa del Mundo. Cuatro años en los que privó con su calidad al representativo azteca.

Giovani, en cambio, siguió siendo llamado, a pesar de su nula actividad en clubes e inexistente aportación en partidos internacionales. Comenzaron a darse señales de divismo. Solo a cuenta gotas regalaba su calidad, como en aquel gol que sellaba el triunfo en la Copa Oro de 2011, ante Estados Unidos. Fue tanta su falta de ambición -deportiva- que en vez de continuar progresando en el Villarreal ibérico, prefirió la comodidad y glamour californiano de Los Ángeles, para enrolarse con el Galaxy, de la MLS estadounidense, claramente inferior en nivel en relación a Europa.

El 17 de mayo de 2016, el –ya no tan nuevo- entrenador de México, Juan Carlos Osorio, anunció la lista de jugadores convocados para la Copa América Centenario, a realizarse en junio próximo. La enésima ausencia de Gio y Vela llamó la atención. Osorio aclaró que había acordado con ambos elementos su no convocatoria debido a “falta de nivel”. Dos Santos en Twitter agradeció “la invitación” pero aseguró que no podía formar parte de la Selección en este momento. Vela ni sus luces.  

“Gracias, pero no, gracias”, dirían en el rancho. ¿Dónde quedó el anhelo por ser jugador del Tri? ¿Uno puede decidir cuándo si y cuando ir al equipo nacional cuando y como se le dé la gana? Las otrora esperanzas la escuadra verde no han hecho más que malgastar su tiempo y el de los aficionados con sus actuaciones poco profesionales y bajas de nivel. Nunca más deberían ser convocados. Creen que se les debe rogar por su campeonato de hace 11 años. Para jugar en la Selección se necesitan algunas cosas más que habilidades.

Un tal Javier Hernández, sin tanta técnica y aptitud para jugar, pero con mucha más sangre, orgullo, corazón y HUMILDAD, está a punto de ser el máximo goleador histórico de la escuadra tricolor. Es el jugador más querido de  Alemania, triunfó en el Manchester United y Real Madrid. Él ha cumplido el ciclo  de vida del que se habló al inicio de este texto. A pesar de que fue bajado del avión que llevó a Vela y Giovani a hacer historia a Perú, en 2005.



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