En el norte de México, el fútbol raya en la religión. Especialmente en Nuevo León, cohabitan dos rivales a muerte: los Tigres de la UANL y los Rayados del Monterrey. Parte del staff de mantenimiento de esta cancha disfrutan todos los sábados con sus equipos, mientras descorchan una cerveza y asan carne ¡ajua!.
¡Adiós Tec!
Gustavo Mendoza Lemus
No podía estar menos que nervioso. Tenía cerca de trece años cuando por primera vez me llevaron al estadio Tecnológico para asistir a un partido de los Rayados de Monterrey, en el tradicional calor de sábado a las cinco de la tarde.
La tensión residía en que me acompañaba mi padre, un ferviente heredero de la tradición tigre. El amarillo y el azul abrazó a su familia, proveniente de San Luis Potosí, la cual ni siquiera pisó la Universidad.
Años atrás, mis tardes de fútbol se habían reducido a la visita obligada al estadio Universitario, en un esfuerzo desesperado de mi padre por convertirme en aficionado de Tigres.
De esos partidos recuerdo al espectacular Jorge Campos jugando para la UNAM; a Carlos Hermosillo en el América o partidos aburridos como contra Cobras de Ciudad Juárez o frente al Tampico-Madero.
Pero mi padre cometió un error central. Fue en 1989, cuando acudí a mi primer clásico y fui testigo de cómo una jugada bastó para dirigir un sentimiento. Debut de Germán Ricardo Martelotto. Golazo a los cinco minutos de juego. A los seis años ya había tomado una decisión.
El estadio Tec
Durante mucho tiempo había recibido negativas cuando solicitaba el mismo trato en la familia, quería ir al estadio Tecnológico a ver al Monterrey.
En una tarde cualquiera de 1996, recibí dos pequeños boletos en color blanco y azul. Parecían estampillas de correo aunque por mi emoción parecían un gran libro que debía resguardar.
"Hasta los boletos tiene pequeño tu equipo", me recriminaba mi padre.
Ahí estábamos, el sábado siguiente, en la puerta 6 del Tec. Asistía por primera vez a ese monumento gris ubicado a una lejanía de mi casa. El partido era Monterrey contra UNAM, y aunque hace muchos años se había acabado La Aplanadora, aún conservaba algo de ese apodo.
Ya pasando el nervio, la situación no podía ser mejor: llegaba al templo estrenando mi playera de brochazos azul y blanco, había convencido a mi padre de acompañarme y Tigres jugaba su primer torneo en la Primera División A. El resultado, con empate y gol de Hugo Norberto Castillo, fue lo de menos.
Las visitas al estadio se hicieron cada vez más frecuentes. Eso sí, mi padre me dejaba en la puerta y se iba mejor a una plaza, cantina o a cualquier lugar cercano.
"Me da roña entrar aquí", sigue diciendo.
Una década
Asistir al Tecnológico se convirtió en una costumbre de sábados, miércoles o viernes por la noche. Los vecinos del barrio empezamos a crecer -en numero y edad- y todos lo vimos desde la tribuna de Preferente y General.
Generamos recuerdos propios de la edad: la primera cerveza, el primer cigarro, la primera pelea, la primera noche en la cartel, el primero que "se sordeaba" porque ahora había llevado a la morrita.
En el llano sentimental sucedió algo parecido. Años y años de malos torneos, jugadores con corazón pero sin la habilidad necesaria para jugar profesionalmente; angustias como el drama del descenso en mayo de 1999 o alegrías como aquel clásico donde "El Guille" Franco aun no sabe como marcó el gol del pase.
Con la edad empezamos a distinguir a los ídolos y a repetir sus nombres: Rubén Ruiz Díaz, Jesús Arellano, Antonio Mohamed, Sergio Ariel Verdirame, Antonio De Nigris, Walter Ervitti, Guillermo Franco o Ricardo Martinez.
De 1996 al 2005 puedo recordar el tiempo en que visité frecuentemente al estadio. Fui testigo de cómo el equipo cayó a lo mas bajo de su mediocridad para resurgir en una época de esplendor que nos dio seis campeonatos.
Fue a comienzos del 2006 cuando decidí no asistir mas a la cancha. La dolorosa derrota frente a Toluca en la final seguía molestando, el precio por el abono era cada vez más excesivo y en mi lista de prioridades se habían sumado otros gastos.
Hoy que se despide el estadio Tecnológico como sede oficial del Club de Fútbol Monterrey hago este ejercicio de memoria y sentimiento, justo cuando cumplo diez años de no asistir a la cancha.
Es cierto que el estadio es feo, viejo e incomodo, pero en México hasta lo mas grotesco genera sentimientos. Me parece un error por el Tecnológico de Monterrey su derrumbe, pero en esta ciudad así se acostumbra.
Quedara en el recuerdo de cada asistente cómo vio crecer su vida alrededor de éste inmueble, que por más de 60 años se instaló en el patrimonio de la nostalgia y la imaginación de los aficionados al fútbol de Monterrey.