Por Ilich Cuéllar
En el mundo del fútbol hay equipos que nacen con marcas. Desde su génesis, el Atlético de Madrid ha mostrado los azotes que el destino le deparó: sería un equipo acostumbrado al dolor.
Los aficionados del “Aleti” se han acostumbrado al sufrimiento, y en base a este, han producido un amor intenso. Ese amor los ha hecho soportar de todo, ausencia de ligas, descensos, la partida de los ídolos y sobre todo, tener que convivir con el Real Madrid.
Mientras el conjunto colchonero (Atlético, apodado así por la similitud de su uniforme con los colchones de los hospicios de la monarquía) hacía malabares por conquistar el sur de la capital española, el elenco merengue (el Madrid, por su uniforme albo) se decidió a conquistar el universo.
El Madrid tuvo todo lo que su vecino del río Manzanares no. Siempre hubo recursos, tenían a las mejores estrellas del planeta, los títulos llegaban a raudales, en especial, diez Copas de Europa. El equipo de la burguesía madrileña cimentó su leyenda a base de conquistar el Viejo Mundo. No existe alma en el mundo que no conozca el mito de las Cinco Copas consecutivas de la mano de DiStéfano, Gento y el presidente Don Santiago Bernabéu. Ni la Sexta de los Ye-Yés, la Séptima con el gol de Mijatovic, la Octava ante el Valencia, la Novena con la volea de Zidane o la Décima de Sergio Ramos.
La Décima. Es precisamente esta palabra la que causa más dolor y trastornos en las huestes rojiblancas. A través de su historia post centenaria, ninguno seguidor del Atlético había recibido semejante golpe.
La fecha: 24 de mayo de 2014. El escenario: Estadio Da Luz, en Lisboa. Por primera vez dos equipos de una misma ciudad dirimían el gallardete de la Champions League. Más de cien años de rivalidad llegaban a su punto cumbre. Los once guerreros comandados por Diego Simeone, el técnico perfecto para la causa colchonera, habían ganado la liga española de ese año. Llegaban al partido definitorio a base garra y sudor. Eliminaron al Milán y al Chelsea, entre otros. Un gol de Diego Godín, a pelota parada había adelantado al equipo del Vicente Calderón. Tal vez porque como ninguna otra escuadra del orbe tiene sus orígenes tan ligados a la aviación (Su primer nombre fue Atletico Aviación), pero ese habría sido el marco perfecto para la Primera del Atleti.
Pero llegó el fatídico minuto 93. El croata Luka Modric lanzó un corner. Sergio Ramos, un madridista de pura cepa blanca, se levantó empujado por toda la historia y la afición merengue, anotando el gol del empate, con lo que la prorroga se convirtió un festival blanco.
4-1. Al Atletico le arrancaban el corazón sin anestesia previa. Igual que en 1974, en su primera final de Europa, el Bayern Múnich mandaba aun partido del desempate, justo en el último minuto. El dolor se repetía.
Cualquier otro equipo hubiera ido a dar directo a la fosa común. Pero contrario a otras veces, el Atletico superó la depresión y dos años después ha vuelto a la final. Una vez más contra su máximo némesis, el Real. En vez de Lisboa, la arena será el San Siro de Milán, la Opera del Futbol, que ya se preparó para vivir el drama, cual obra de Verdi. Tal vez, en mejor forma que los odiados habitantes del Paseo de la Castellana.
Hay quienes apelan al romanticismo para justificar un triunfo de los colchoneros, “El futbol le debe una”. En el futbol no hay justicia poética. Hay oportunidades. Para los de Simeone será quizá la única oportunidad de resarcir la afrenta. Para el Madrid sería la Undécima, su confirmación como el equipo más grande de la historia y del cosmos. Solo el Madrid puede aliviar el peor dolor del Atlético. Solo el Atlético puede provocar que el Madrid acreciente su mito.


