lunes, 27 de junio de 2016

MESSI Y LA PENITENCIA DEL 10




Por Ilich Cuéllar

Lionel Messi es uno de los mejores jugadores de fútbol de todos los tiempos. Quien se atreva a cuestionar dicha aseveración, probablemente nunca ha visto un partido del Barcelona y algunos de la selección de Argentina, o quizá tenga un aneurisma cerebral.

Su talento descomunal, su magia inagotable, el instinto goleador, la zurda enguantada, sus dribles a velocidades cósmicas, son de los mejores atributos que se han visto sobre un campo de juego. Con el equipo blaugrana ha conquistado 28 títulos, 5 veces ha logrado el Balón de Oro y es el máximo goleador histórico del equipo y de la liga española con 312 goles. Es el mejor jugador que portado la elástica culé a lo largo de 117 de años de existencia y es el símbolo por excelencia en la época dorada del cuadro catalán.

Repito, su talento no está en duda ni en discusión, su problema es otro y es difícil de definir, pues casi exclusivamente se presenta cuando cruza el Atlántico para representar a Argentina. Algunos le llaman falto de carácter, con personalidad en extremo reservada, rayando en la grisura, sin la madera de líder que tanto venden. En pocas palabras y en el argot más puramente gaúcho: para muchos de sus compatriotas, Messi es un “pecho frío”.

La noche del 26 de junio, después de haber perdido la final de la Copa América Centenario por los penales frente a Chile, Lionel renunció al combinado de su país. “La selección no es para mí” fueron sus palabras. Era la segunda vez consecutiva que mordía el polvo ante los andinos en penales. Si a eso le sumamos la que perdió en 2007 ante Brasil, el fracaso de la Copa 2011 donde la Albiceleste era anfitriona y se quedó en cuartos, más el partido definitorio ante Alemania en el Mundial de 2014, se podría decir que “El Messias” tendría razones de sobra para abdicar de su capitanía y del combinado austral.

En todas se le ha acusado de no correr, de vagar en el césped, de vomitar, de no meter la pierna, de desvanecer del campo de juego. Puede que sea cierto, puede que no. Lo que no se discute, es que cada derrota que pasa, es más sádica que la anterior. La de la Copa 2016 pasará al recuerdo como esa donde voló el primer penal de la serie.

Quizá él no tenga la culpa. Quizá el no falló tres oportunidades clarísimas en tres finales seguidas. Tal vez él no es el responsable del desastre que sacude al fútbol argentino. Puede ser que él sea culpable de salir al extranjero siendo un niño, buscando un club que le pagara el tratamiento para su enfermedad hormonal. Quizá su culpa sea no haber debutado en la vetusta primera división pampera para después emigrar a Europa.

Tal vez su mayor pecado sea que ser zurdo y usar el dorsal que un tal Diego Armando Maradona hizo mítico al conquistar la Copa del Mundo de México de 1986. Nunca podrá sacudirse la sombra eterna e imperecedera del “D10S”, un hombre estrafalario, extrovertido, polémico, frontal y excesivo, que tan bien representa  a una nación sumamente pasional y sanguínea, actitudes que están en las antípodas de lo que Lionel representa.

Hay algo en lo que si lo creo responsable totalmente. Sabiéndose tímido, retraído, encapsulado en su mundo, no tuvo que haber aceptado la responsabilidad de capitanear Argentina. El talento, las pinceladas, la poesía, la lírica en el campo es lo suyo. Los bemoles, los gritos, la personalidad y los martillazos que solo un líder puede dar, le pertenecen a otros. Aquí es cuando nos damos cuenta de las eternas presiones incesantes de la mercadotecnia, ávida de crear tótems de granito donde no los hay.

Claro está que a los mejores se le exige el doble, se les demanda guiar el barco cuando éste se hunde. A Messi probablemente se le ha protegido y se le ha resguardado de mas en Barcelona, pero en Argentina eso cambia.

Puede discutirse si su decisión de retirarse del fútbol de selecciones se haya producido en medio de un calentón, harto de la presión de tener la expectativa de un país -que nunca lo ha considerado plenamente como de los suyos- y del universo en sus hombros.

viernes, 10 de junio de 2016

CRUZAR EL ATLÁNTICO DE IDA Y VUELTA


Por Ilich Cuéllar

Hubo una época en la que los veranos estaban reservados al sopor y al aburrimiento. Quizá algún viaje familiar, una que otra travesura, la cascarita de rigor, podían sacarte de la monotonía que a veces provocan las vacaciones.

Impensable ver un partido de fútbol en la televisión. El verano era un espacio reservado para el sagrado Mundial, el cual solo ocurría cada 4 años. A veces la monotonía la rompían la Eurocopa o la Copa América, pero no había más. Ronaldo -el gordito- o Zidane, a pesar de ser súper héroes, necesitan descansar de sus interminables gestas en el empastado.

Sin embargo este 2016 sucede algo especial. Ignoro si las estrellas se alinearon pero este año, los amantes del balompié tenemos la fortuna de disfrutar durante junio y julio, Euro y Copa América al mismo tiempo. Fútbol para almorzar, para comer, para la merienda y para la cena. Fútbol de selecciones, fútbol para hablar, platicar, discutir, debatir y escribir. Para lo que usted guste y desee. Todo al alcance de un botón.

El fútbol de clubes es el que nos alimenta día a día, semana a semana, durante meses. Pero las competencias de selecciones son distintas. A la espectacularidad, estrategia y magia habituales, se le añade el sentimiento de vestir los colores patrios. La gasolina de la motivación que solo hace combustión cuando se representa al país de origen.

Tan dispares en sus orígenes, como en su regularidad y organización, a ambas competencias las unen sus diferencias:

La Copa América, creada en 1916 para conmemorar el centenario de la independencia de Argentina, ha tenido una historia dispar. Ha sido anual, cada dos años, cada trienio, hasta cuatro a partir de 2011. Sus nombres han variado infinidad de veces, hasta que la CONMEBOL decidió poner orden y formato en 1987. Estadios vetustos, aficiones apasionadas y caóticas, juego lento, ríspido, participantes intermitentes,  pero con magia desparramada en 100 años de combates. Uruguay ha sido quien más ha levantado el trofeo de campeón, con 15 títulos.

La Euro, que inició su historia en 1960, ha sido un vivo reflejo del Viejo Mundo. Sirvió para coser las heridas que dejó la Segunda Guerra Mundial. Siempre cada 4 años, varió de un sistema de eliminatorias a una sede fija con más participantes cada que las necesidades comerciales de la UEFA así lo exigieron. Estadios modernos, aficiones intensas que en ocasiones llegan a las grescas, partidos tácticos, rápidos y ordenados. Alemania y España son las selecciones más gloriosas, con 3 victorias cada una.

Una cosa es cierta: por la historia de ambos torneos, han desfilado los mejores jugadores en la historia del deporte. De Beckenbauer, Zidane, y Cruyff, a Pelé, Maradona y Francescoli, el balón ha sido el pincel con el que estos nombres han realizado sus obras de arte en el lienzo verde. Cristiano Ronaldo y Messi son los artistas modernos encargados de acrecentar ambas leyendas continentales.

Con la meta bien fija en Nueva York y París, escenarios de las finales, los combinados nacionales se dejarán la piel. Los afortunados somos los aficionados. No queda más que aprovechar la oportunidad de cruzar el Atlántico en ambos sentidos varias veces al día y romper la rutina del verano


Quizá sea la única oportunidad de la que dispongamos en esta vida.