miércoles, 13 de junio de 2018

LA FIESTA ETERNA




Por Ilich F. Cuéllar

Era el verano de 1998, previo al Mundial de Francia 98. 

Un pequeño veía la tele, donde transmitían un collage con los diferentes campeones del mundo, mientras su madre acumulaba sobre la mesa, carpetas y hojas para revisar. El niño, con toda su inocencia, le suelta:

-Mamá, ¿qué significa ganar la Copa de Mundo?

La señora, que no nunca fue una gran aficionada al futbol, se limitó a decir lo primero que le salía del corazón:

-Es lo máximo hijo. Es estar en la cima del mundo. Mira la cara de felicidad de esos hombres. Pero esas sonrisas implican trabajar mucho.

La pantalla reproducía el rostro de Lothar Matthäus levantando la Copa FIFA al cielo de Roma.

Eso significa la Copa del Mundo para muchos. Un recuerdo, un momento, una anécdota, una sonrisa quizá, y también una lagrima, la amargura. Todas las facetas de una fiesta, una parranda que no acaba nunca, por más que pensemos que los 4 años de cada ciclo mundialista son eternos.

¿Quién se puede considerar libre de pecado y no seccionar su vida al recordar que hacía en cada campeonato mundial de futbol? 

Los padres y los tíos dirán que México 86 fue inolvidable: Maradona y la Mano de Dios, la tijera de Negrete, la Chiqutibum. Por supuesto que los más grandes suspirarán al recordar a Pelé, Cruyff y Beckenbauer en los años 70.

Algunos otros dirán que en 94 y 98, el patio de la primaria y un bote de plástico bastaron para jugar a ser Romario y Bebeto, Baggio, Stoichkov, Campos, Ronaldo, Batistuta, el Matador, Maldini o quizá el Pibe Valderrama.

Otros tantos hablarán del alcance la modernidad con Corea y Japón en el 2002. Las desveladas y las levantadas de madrugadas para ver ese cabezazo acrobático de Borgetti ante Italia se conjuntaron con la primera espinilla o le presentación ingrata de la primera cruda.

Y así se puede seguir documentando. 2006, la irrupción de Messi y Cristiano más el furor y los nervios del primero beso; 2010, la crisis y la universidad; 2014, los recibos y la hecatombe brasileña.

Cada cuatro años somos testigos de batallas épicas. Los jugadores se enfrentan como si se trataran de la antigua Grecia, defendiendo el terruño de los persas. Las eliminatorias son el éxodo por el desierto, el Mundial es la Tierra Prometida, los goles son la leche y la miel que emanan del suelo.

Claro, en cada historia hay villanos. Siempre los hay. Como Benito Mussolini cuando amenazó de muerte a la selección italiana si no ganaban los mundiales del 34 y 38, previo a la época más oscura de la humanidad. O en aquella ocasión cuando un asesino llamado Jorge Rafael Videla y su presión absoluta para que Argentina ganara la copa en casa, en 1978, cuando el país austral vivía la peor carnicería de su historia.

Quien esto escribe se queda con el gozo, con las sonrisas de la fiesta inagotable, el extasía de cada anotación. 

Ojalá la Copa del Mundo durara como la respuesta de Florentino Ariza al final de "El amor en los tiempos del cólera", cuando se le cuestiona cuánto tiempo piensa navegar por el río Grande de la Magdalena, cuando al final de su existencia se reunió con su gran amor: Toda la vida.

Hola Rusia 2018.

Es momento de ser felices.