miércoles, 4 de abril de 2018

EL ESPÍRITU SANTO






Por Ilich F. Cuéllar

Aún recuerdo la mañana del 11 de junio de 2009 como si hubiera sido ayer.

El Manchester United comunicaba al mundo que había aceptado la oferta del Real Madrid por Cristiano Ronaldo, su jugador emblema, por una cantidad récord: 96 millones de euros, una barbaridad.

Las dudas eran evidentes: un carácter ególatra probablemente no empataría con él ya de por sí volcánico vestidor merengue, al que no le faltaban divas. La apariencia de niño bonito atraería al mercado, pero no estaba convencido si el equipo ganaría títulos con su liderazgo. Vamos, dudaba si podría ejercer siquiera de líder. Confiaba más en Kaka, cuyo futbol sobrio, técnico y de regates elegantes, empataba más con mi gusto.

Pero Cristiano primero fue bautizado en fuego por el Padre Alfredo DiStéfano, de quien recibió su iniciático número 9, y después fue confirmado con furia y garra por el Hijo Raúl Gonzalez, quien le heredó su numero 7, cuando fue echado del equipo, para beneplácito de algunos energúmenos.

Ya tenía el santo y seña de las glorias vikingas.

Su inicio fue lento, quizá errático para lo que se esperaba, siempre comparado con un tal Lionel Messi, que dominaba el mundo con su Barcelona y el tiki taka. Las críticas se le iban a la yugular.

Pero una vez asumido su rol como buque insignia del equipo, el portugués se ha cansado de marcar goles, servirlos, ganar títulos y destrozar muros en la eternidad. Lleva 3 Champions, 2 ligas y otros tantos títulos vestido de blanco. Es el máximo goleador de la institución con 445 tantos y lidera la clasificación realizadora de la Copa de Europa, con 120.

Cuál auténtico Espíritu Santo, le dio un soplo de vida a una institución vieja y alicaída, y la convirtió en el epicentro del universo.

Justo ayer, en uno de los escenarios de más oscuros recuerdos en la historia del madridismo, Turín, casa de la Juventus, Ronaldo se mandó una de esas actuaciones que ya son tan típicas de él en Europa, sentenciando con dos goles, el pase a semifinales de su torneo fetiche, por octavo año consecutivo (a falta de la vuelta).

Esa casa había permanecido maldita para cualquier escuadra blanca, desde que DiStéfano derribó su resistencia en la década de los 60.

Medio mundo habla del segundo gol, una chilena. Tal vez no fue la más plástica, la más estética o la mejor ejecutada. Pero las circunstancias, el escenario y el rival, la potencian al infinito. Es el resultado del trabajo de un tipo que a sus 33 años, cuando el cuerpo comienza a calcificarse, sigue exigiéndose como canterano, con una ambición sin fin. El triunfo de la perseverancia ante el insulto y el vituperio.

Muchos hablan de que Messi lo supera y puede ser. Yo me limito a decir que esta rivalidad los engrandece y hay que estar agradecido por verlos juntos en una lucha de titanes.

Probablemente el reconocimiento le llegue en su vejez, cuando todos recordemos con añoranza juvenil su martillo demoledor para destruir metas rivales, para conquistar el tiempo.

Y todo, gracias al poder que le infunde ser parte de la Santísima Trinidad Madridista.