viernes, 24 de febrero de 2017

UNA BANDERA



Por Ilich F. Cuéllar


Un viejo conocido me lo dijo públicamente: yo, Ilich Cuéllar, soy de Cruz Azul,  incluso antes de nacer.

Mi papá, como buen hombre, siempre quiso que su primogénito siguiera al equipo de sus amores, en este caso, La Máquina. Todo comenzó una fría noche de agosto de 1995 en la Ciudad de México: el viejo me había llevado desde nuestra natal Tamaulipas hasta la capital para que yo conociera a la escuadra que por entonces lideraba Carlos Hermosillo.

Ahí estaba yo, enclenque e ilusionado, de la mano de papá frente al Estadio Azteca, donde por entonces los cementerios ejercían la localía. Caminando por los alrededores, nos detuvimos frente a un puesto de banderas y escuché las palabras que me marcarían a fuego para siempre: "anda hijo, ocupas una para apoyar a nuestro equipo, escoge una". Tomé una con un tren con carita sonriente y siete estrellas, que representaban los campeonatos que hasta entonces había logrado el equipo.

Con ese gesto, papá había forjado conmigo un vínculo y un lazo inquebrantable, que no hizo más que unirnos aún más. No importaba nada, ni siquiera el hecho que la noche de mi iniciación, el Azul solo fue capaz de brindarnos un infumable empate a ceros, contra el Santos Laguna.

Después vendrían muchos momentos que estrecharon aún más el lazo entre nosotros y la oncena celeste. El primer uniforme -blanco, de visitante, con el número y nombre de Francisco Palencia, ironías de la vida-, el primer coraje, las hazañas de Hermosillo, así, hasta llegar al 7 de diciembre, fecha de la octava estrella Azul, ante León, después de diecisiete años de sequía. Recuerdo que a pesar de mi edad, lloré al ver a mi ídolo, Hermosillo, el Grandote de Cerro Azul, con la cara ensangrentada por la artera patada de Comizzo. "Lo va anotar hijo, no te preocupes", escuché con más nervios que certeza. El gol cayó, la gloria era nuestra.

Nunca imaginé que esa tarde sería la última vez en diecinueve años -y contando- que mi equipo mandaba en el futbol nacional. Al contrario, desde esa tarde, la Nación Azul ha vivido innumerables frustraciones y derramado cientos de lagrimas. El gol de Glaría una noche de invierno en 99, la final contra Boca Juniors en 2001, las tres derrotas por el campeonato en cuatro temporadas entre 2008-2009.

Sin embargo, nada se compara con el dolor de perder contra América, el rival más odiado, el némesis, el elenco que representa todo lo que repudias como aficionado y como persona. Peor, no poder vencerlo en siete años o ver cómo se llevaban la corona, la aciaga noche del 26 de mayo de 2013. Son cuchilladas envenenadas, directo al corazón, y que probablemente nunca sanaran.

Muchos han intentado cambiar la historia, sin éxito. Los Cesar Delgado, los Abréu, los Vigneri, los Cacho, los Carmona, abandonaron el barco antes de tiempo.   Christian Giménez, ese Cid Campeador pequeño y robusto no puede solo, las piernas ya no le alcanzan. Jesús Corona, cancerbero que antes era una muralla, ahora comete errores infantiles.

Durante mi primera juventud viví en Monterrey, donde sin quererlo, mi pasión por los colores azul y blanco, se intensificó. En la Sultana del Norte solo existen Tigres y Rayados, portar un escudo diferente a eso, te convierte en un desterrado, un extraño.

Ahí comprendí que mi equipo era aparte de mi identidad, mas al ver que conocidos cambiaban sus preferencias pamboleras para encajar en la exigente sociedad regiomontana. Siete años de ir los estadios Universitario y Tecnológico, escuchar insultos, jalones de cabello, empujones, uno que otro zape, ir a fiestas los sábados con mi playera azul, en medio del amarillo y las rayas. Nunca desistí.

¿Porque aguantar tanto? ¿No cansa amar tanto sin recibir nada a cambio? Incluso, mi madre me ha dicho en incontables ocasiones "ahí vas a ver a esos pendejos de nuevo..." Sí, si cansa. Pero es cuestión de orgullo. Uno no cambia de equipo, eso es alta traición, es como cambiar de sexo, un pecado capital que mancha tu alma para siempre. Amar en medio de la adversidad, te hace amar aún más. Creces con ideales. Papá me decía, de pequeño, que éramos el equipo de los trabajadores, de los humildes. Que Supermán y Kalimán estaban con nosotros. Uno se forma el sentimiento en base a esto.

No mentiré, he abjurado y criticado hasta la saciedad la falta de testosterona que muestran los jugadores, mercenarios al servicio del dinero. Pero aquí estoy, como millones -quiero creer- que cada seis meses nos reinventamos y decimos "este año es el bueno". Aunque lo sepamos, con una gran amargura: este no va a ser el año. Lo sabemos porque no hay proyecto, no hay jugadores, no hay entrenador, no hay directiva.

Pero ni así los millones y yo desistiremos. La esperanza ahí está. La mía está envuelta en una bandera, entregada por mi padre hace más de 20 años.