Por Ilich Cuéllar
Cuando el 10 de julio Cristiano Ronaldo alzó al cielo de París el trofeo que acreditaba a Portugal como campeona de la Euro 2016, en algún lugar del mundo, Michel Platini debió haber esbozado una ligera sonrisa.
Y es que el otrora presidente de UEFA, admirado primero como jugador y luego en su primera etapa de directivo continental, vio cumplido un objetivo que muchos tachaban de guajiro: que una selección considerada de medio pelo en el concierto europeo, se alzara algún día con la corona del Viejo Mundo. Con ese objetivo consiguió que en septiembre de 2008, fuera aprobada la ampliación de participantes para la Copa Europea de Naciones de 2016, de 16 a 24 escuadras.
La meta se logró. Al torneo organizado en Francia este verano, arribaron representativos de países inéditos como Albania, Islandia, Gales o Irlanda del Norte. También reaparecieron Rumanía, Irlanda y Hungría, después de años de oscurantismo. Si, la competencia se abrió, fue más global, sin embargo, la calidad disminuyó (amén de la hinchazón en las arcas de la organización).
Por supuesto, Hungría e Islandia no tienen la culpa de esto. Ambos elencos llegaron, jugaron y avanzaron. Pero si le agregamos que equipos como Inglaterra, eterno bluff, o España, vigente bicampeona, fallaron a la hora decisiva, el cóctel de la insipidez quedaba listo. Todos los equipos fuertes (si así consideramos a los ibéricos, Alemania, Italia y Francia) de un lado de la llave y la rebelión de la “medianía” quedó por el otro.
Mientras los germanos se mostraban con un plan de juego en apariencia, más sólido pero sin gol, y Francia sacaba los partidos a las carreras, Portugal sufría y avanzaba tambaleándose. Cristiano Ronaldo, su máxima figura, líder y alma en el campo titubeaba. Anotó contra los húngaros cuando más se le necesitaba, igual contra Gales, en una semifinal que nadie pronosticó, pero a fuerza ser sinceros, al 7 portugués nunca se le vio en forma. En estas condiciones el arquero Rui Patricio se puso la capa de héroe, Renato Sanches emergió como joven luminaria y Pepe dejó atrás su disfraz de asesino y se convirtió en muro infranqueable. Esta fue la columna que permitió el milagro.
A la final de París, los lusos se plantaron contra el país anfitrión en papel de víctimas. Antoine Griezmann, convertido en el estandarte galo, había dado el salto definitivo entre los competidores del Balón de Oro. Sin embargo, la selección comandada por Fernando Santos resistió, con todo y la lesión temprana de Ronaldo, para coronarse con gol en tiempo extra de Éder, ante el asombro del mundo entero.
Si se critica el nivel de juego tanto colectivo como individual de los campeones, cierto es que se resalta la comunión de un grupo menospreciado por las grandes potencias, donde su líder, señalado por vanidad y egocentrismo, supo ejercer con su responsabilidad de guía y cobijo para sus huestes. Sin tanto brillo, aspira a obtener el galardón de mejor jugador del mundo por cuarta ocasión.
El fútbol no entiende de lógicas, ni de favoritos, mucho menos de aparentes superioridades previas a una batalla. En este deporte sigue ganando el que mete el balón en el arco contrario. En esta aparente sencillez, reside la belleza del juego.
